martes, 11 de octubre de 2016

Corona de espinas

Era viernes 05 de agosto del 2016. Apenas teníamos una noche en París, después de haber visto de cerca la impresionante Torre Eiffel y amaneciendo, sabía que ese día visitábamos el Santuario Notre Dame. Tenía muchas ilusiones cargadas en el corazón, porque para mí todo era nuevo en Francia, pero lo que el Señor tenía preparado para mí aquella tarde sin duda ha cambiado mi vida.


Quise ir preparada a conocer el histórico Santuario y revisé muchos videos relacionados a Notre Dam. Vi muchos, pero uno detuvo mi búsqueda y baño mis mejillas de lágrimas, la reliquia de la Corona de Espinas de Jesús, estaba allí. Por supuesto todos los textos que explicaban su recorrido y milagros, decían que al ser una pieza tan bien valiosa, obviamente estaba ultra resguardada.


Dentro de mi corazón me decía a mí misma que verla aunque sea de lejos ya sería una bendición gigante e inolvidable, pero mi razón me gritaba que debía aterrizar mis sueños, ya que terrenamente era “imposible” que me dejasen verla. Mientras mis sueños se encontraban con mis razones, una parte de mí que guarda un poco de esencia divina, me susurraba al oído que NADA había imposible para el Señor  y que así como Francia e Italia, habían sido un sueño, si en realidad lo quería, debía pedírselo al único capaz de dármelo.



Él mismo, que ya sabía lo que tenía guardado en mi corazón, aún antes de haber soñado con Polonia, Francia e Italia, tenía ya reservado ese viernes para mí. Según los textos de internet, el único día en que la Reliquia está expuesta al público, era en viernes Santo. Pero al llegar nos enteramos que además de ese bendito día, todos los primeros viernes del mes, dedicados al Corazón de Jesús, la Corona es extraída de su urna para ser venerada por todos los fieles.


Probablemente jamás me hubiera enterado del porqué la gente hacía una fila impresionante en el ala central del templo, si no fuese que mi curiosidad de periodista soñadora, me hizo avanzar hasta el altar del Santuario para saber qué era “Aquello” que todos se agachaban a besar. No sé describir esa tarde, pero fue como si el tiempo se detuviera, como si mi rostro girara en cámara lenta hacia ese signo, como si de pronto fuera el Maestro y yo, Jesús y yo. Nadie más. Y así fue.

Corrí hacia la última persona de la fila, pero detrás de ella había otros cientos sentados aguardando su turno. Y aquellas más de cien personas antes que yo, se convirtieron en 100 minutos intensos, en que mis manos se congelaron y mi corazón en más de un momento, se aceleró. Por mi mente pasó toda la mañana y cómo todo me había preparado para ese momento en que estaba a punto de ser yo, quien besase la Corona de Jesús.

Y llegó el momento. Avanzar a lo largo de esa fila, me hizo recordar todas las gracias impresionantes que había vivido ya en Polonia y que continuaba viviendo en Francia, sin merecerlo. Cuando la Corona estuvo frente a mí, la presión se me bajó y ese segundo en que incliné mi rostro hacia ella, fueron instantes de gozo que se convirtieron en minutos. Aún puedo sentir en mis labios el contacto con la Corona y recordé la frase de un sacerdote al estar frente a ella: “Es lo más cerca que he estado del Maestro, después de la Comunión”. Para mí, así fue.

Aquella tarde, me quedó claro una vez más, que el Señor tiene todas las gracias preparadas y encajadas para ti y para mí. Basta que creas. Aquella tarde nuevamente lloré y me emocioné. Aun no comprendo porqué entre tantas personas, el Señor sigue apostando por mí y regalándome gracias increíbles. Esta Corona se quedará en mi corazón como ese pedazo de la vida de Jesús que ha atravesado mi ser y la prueba que cuando se lo pides con fe, no hay nada que Él no pueda concederte.